10 de abril de 2019

Así es como muere la democracia

Colina de Pnyx, Atenas. De la foto: Wikimedia Commons (CC).

En tiempos de oscurantismo, ha de ser más firme que nunca el compromiso con la legibilidad del mundo: las verdades de la ciencia, el arte y las humanidades son nuestra mejor guía para orientarnos en las realidades en que vivimos. La historia, en particular, tiene aún mucho que enseñarnos. Hoy nos dice que todos los regímenes políticos son perecederos; también, que pueden perdurar como nombres vacíos. Tengámoslo presente ante la nueva ola de autoritarismo que recorre el mundo y erosiona peligrosamente la democracia.

Si no estamos atentos, el declive de la democracia nos cogerá desprevenidos. A menudo, nuestra imaginación política parece estar atrapada en el paisaje de la historia del siglo veinte y buscar soluciones en el siglo diecinueve. Pero la democracia no caerá como en los años 30 ni el nacionalismo nos devolverá a ninguna plenitud. Ahora la regresión democrática es global y empieza en las urnas.

Tres libros describen la amenaza a la que nos enfrentamos y nos revelan nuestra fragilidad. Decididamente, el miedo mismo ya no es lo único que debemos temer.

La erosión de la democracia

Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, profesores en la Universidad de Harvard, escribieron Cómo mueren las democracias con la mirada en el fenómeno Trump. Pero su método comparatista nos permite extrapolar sus indicaciones.

“Los partidos políticos son los guardianes de la democracia”. Esa es su principal lección. En épocas convulsas, los llamamientos extremistas pueden atraer a las masas, pero solo la irresponsabilidad de los líderes políticos establecidos les abre las puertas de las instituciones. Aislar a los extremistas exige valentía y conciencia. Cuando priman el temor, la temeridad o el oportunismo, la democracia se tambalea.

Para mantenerla en pie, sin embargo, ni los partidos ni las instituciones bastan. La democracia necesita contrafuertes. Ante todo, una cultura democrática asentada en las virtudes del respeto mutuo y la deliberación. El fomento de la crispación y la polarización social, el uso de los insultos como arma política y la proliferación de medios de comunicación ultramontanos socavan esa cultura. Para que la democracia no muera en la oscuridad, hay que salir de la caverna.

Deberíamos preocuparnos seriamente cuando un político rechaza las reglas de juego democráticas, niega la legitimidad de sus rivales, tolera la violencia o pretende restringir las libertades civiles. Solo una de estas cosas ya debería alarmarnos; Trump ha incurrido en las cuatro. ¿Y acaso no encajan en esa lista la promulgación de la última ley de seguridad ciudadana, la celebración de un referéndum ilegal, la condescendencia con los excesos policiales o la intención de suspender permanentemente una autonomía? España no está a salvo de la tentación autoritaria.

Para alejarla, los políticos tendrían que evitar actos que normalizaran o dieran crédito a figuras autoritarias. También tendrían que combatir la polarización. Las coaliciones de ideologías afines no siempre son suficientes para defender la democracia. A veces son necesarias las que congregan a grupos con distintas visiones políticas, pues implican a un espectro más amplio de la población. Los políticos tendrían que estar abiertos a ellas. Hasta ahora, nuestra derecha parlamentaria ha hecho justo lo contrario, demostrando que la obsesión nacional es vía española hacia la extrema derecha.

Los síntomas del fascismo

El filósofo Jason Stanley, profesor de la Universidad de Yale, concibió How Fascism WorksFacha y Fatxa en sus enfáticas traducciones peninsulares— para mostrar los rasgos del fascismo que, aun en ciernes, vuelven a estar entre nosotros.

Hay que empezar a rastrearlos donde el fascismo dice tener su origen: en el pasado. La política fascista siempre invoca un pasado trágicamente perdido que se propone recobrar. El problema es que ese pasado nunca existió. Es una fantasía de pureza inexistente que solo sirve para conectar la nostalgia con el fascismo, porque de un pasado uniforme solo puede salir un presente uniformizado.

Para imponer su visión del pasado y del futuro, la política fascista devalúa la educación, el conocimiento y el lenguaje, y denigra las instituciones independientes como las universidades y los medios de comunicación. Su objetivo es hacer imposible el debate sofisticado y la cultura de la conversación. El resultado es un desierto mental que los fascistas colman con sus falsificaciones de la historia y la realidad.

Cuando la propaganda fascista tiene éxito, desaparece la realidad común y, con ella, la posibilidad de saber qué políticas requiere un país. El fascismo sustituye la realidad por mitos y estereotipos que ofrecen explicaciones simples para emociones irracionales. Bajo su imperio, el lenguaje no describe la realidad, sino que la enmascara, y la información no transmite argumentos, sino emociones primarias.

En especial, la división entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. La política fascista encubre las desigualdades que anidan entre nosotros echándoles la culpa a ellos, a los otros que nos roban, subvierten nuestras costumbres, nos quitan el empleo o acaparan las ayudas. La criminalización y la demagogia alteran la percepción y nublan el juicio de la sociedad hasta tal punto que, cuando la fantasía nacionalista canaliza el malestar, la ira no se dirige hacia sus causantes, sino hacia sus víctimas.

La desigualdad y la atomización social son los semilleros del fascismo. Por eso los fascistas atacan a los sindicatos y las políticas de bienestar y sustituyen la igualdad por la jerarquía. La desigualdad fractura la realidad y genera espejismos que truncan las posibilidades de comprendernos. Por ejemplo, que los ricos merecen su suerte y los pobres su desdicha. La ciudadanía democrática no sobrevive mucho tiempo en semejante clima de corrosión civil. Solo lo hacen la fuerza bruta y la llamada de la tribu.

La normalización del fascismo es una amenaza real. Ha ocurrido en Hungría y Polonia, está ocurriendo en todo el mundo ante la cuestión migratoria, puede ocurrir en España si continúa en auge el neofranquismo. Paradójicamente, la propia normalización hace que las acusaciones de fascismo parezcan exageradas. Pero el peligro no es la hipérbole, sino la banalización.

El camino de servidumbre

El historiador Timothy Snyder, también profesor en Yale, expone en El camino hacia la no libertad la trama rusa para subvertir las instituciones democráticas en Europa y Estados Unidos ―una lectura que puede completarse con Entender la Rusia de Putin de Rafael Poch―. En el camino, nos desvela por qué la Unión Europea es vulnerable a la seducción del pasado mítico.

La debilidad de las sociedades europeas es la carencia de una historia crítica común. Ese vacío lo ocupa la “fábula de la nación sabia”, que nos cuenta que las naciones europeas son antiguas y han aprendido de la historia, especialmente de las guerras mundiales, el valor de la paz y la cooperación. Por eso decidieron ceder parte de su soberanía a una comunidad más amplia. Es una historia reconfortante, pero falsa.

En Europa occidental, el largo siglo veinte no tiene que ver con los Estados nación, sino con el imperialismo. Al perder sus colonias, los principales países europeos percibieron que la integración era su única salida para no quedar reducidos a ruinas de imperios. La fábula suavizó ese trance, pero también disimuló la derrota y las atrocidades de las metrópolis en las guerras coloniales.

La enseñanza de la historia, que en toda Europa sigue siendo obstinadamente nacional, nos oculta que entre el imperio y la integración no hay nada. No existe una “era del Estado nación”. Al desconocer esta evidencia, creemos sin fundamento que los Estados nación pueden prosperar aisladamente al margen de Europa. Pero no es posible regresar a un tiempo que nunca existió. Los Estados europeos no conservan su soberanía a pesar de Europa, sino gracias a ella. El brexit es lo que ocurre cuando se asume lo contrario.

Por eso es tan necesario “el sentido del pasado”, como lo denominó Henry James. Un sentido que debe completarse con una visión del futuro en cuya construcción todos podamos participar. En pocas palabras, necesitamos más historia y más democracia. La alternativa es la tragedia.

La hora de la verdad

El ciclo electoral que se abrirá en España el 28 de abril es, con toda probabilidad, el más trascendente desde 1982. Estamos en un momento de emergencia en el que no solo está en juego la orientación de la política, sino el porvenir de la democracia. Dejar el gobierno en manos de la extrema derecha o de aquellos que contemporizan con ella es una irresponsabilidad tremenda. Quienes se sientan tentados de dar alas al autoritarismo y quienes se resistan a actuar para impedirlo deberían pensarlo dos veces con valentía y conciencia. No vaya a ser que la democracia muera con un estruendoso aplauso.

El camino hacia la servidumbre empieza cuando dejamos de distinguir entre la verdad y nuestros deseos. Cuando preferimos el mito a la realidad, el pasado al futuro, la secesión a la sucesión. Es el camino al que nos arrastran la desmesura nacionalista y la necedad reaccionaria. Si no lo abandonamos pronto, de la democracia solo nos quedará el nombre.

Artículo publicado en CTXT (enlace permanente).

22 de mayo de 2018

El tesoro perdido del 68

Asamblea general en la Sorbona, 28 de mayo de 1968. © Bruno Barbey.

La memoria es un campo de batalla. Lo percibió dolorosamente un hombre en tiempos de oscuridad cuando escribió que “ni siquiera los muertos estarán seguros ante el enemigo si este vence”. Para velar un pasado de violencia o dominación, se puede guardar silencio, ocultar los hechos y echarlos al olvido. El 17 de octubre de 1961, por ejemplo, una manifestación de argelinos en París fue sanguinariamente reprimida y se saldó con cerca de doscientos muertos, algunos de ellos arrojados al Sena por la propia policía. El apagón informativo que se impuso después fue tal que el reconocimiento oficial de los hechos no llegó hasta 1998.

Pero el silenciamiento y la ocultación no son las únicas formas de encubrimiento. El recuerdo del 68 ha sido sobrescrito por multitud de relatos, discursos, memorias y análisis, que han seguido estrategias de lo más variadas para alcanzar sus objetivos: revelar que en realidad no ocurrió nada, reducirlo todo a un cambio cultural u hormonal, acentuar sus efectos perversos o concluir que fue un gran momento que debemos dejar atrás.

Sirvan estas muestras: Raymond Aron lo redujo a un “psicodrama”; Pierre Nora lo tildó de “fantasmagoría” sin más sentido que su propia conmemoración; Luc Ferry descubrió bajo los adoquines “las exigencias de la economía liberal”; Régis Debray sospechó que fue un “ardid del capital” contra el proletariado y la nación; Daniel Cohn-Bendit lo juzgó “formidable”, pero pasado; y un columnista del Financial Times incluso considera a Emmanuel Macron “el legítimo heredero del espíritu de 1968”. Semejantes interpretaciones ―como decía Braque― cansan la verdad. El pasado pesa y aburre cuando es una colección de tristes tópicos.

No es fácil hacerse cargo del acontecimiento, por razones diversas. Una de ellas, como observa Sudhir Hazareesingh, es que la historia de Francia sigue siendo un relato nacional impregnado de nostalgia conservadora, y la inflexión de la memoria no ha dejado de formar parte de esta tradición. Y otra, como destaca Jacques Baynac, es que todos aquellos a quienes el 68 niega o envejece se ven impelidos a negar a su vez la novedad del acontecimiento y a deformarlo. A pesar de todo, el 68 no ha perdido todavía el combate contra el papelorio y se resiste a entrar dócilmente en la noche. Por debajo de los textos, aún late su textura. Su supervivencia es nuestra inspiración.

Todos los mayos del mundo

El 68 fue un fenómeno mundial, una ola de contestación que atravesó numerosos países en cuatro continentes. Sin desconocer este hecho, atenderé al caso francés, idiosincrásico y paradigmático a un tiempo, porque condensa singularmente muchos de los procesos entonces en marcha. ¿Qué es Mayo del 68? ¿Qué nos ha legado para pensar la emancipación en nuestro tiempo?

No es, desde luego, una discontinuidad simple, un sobresalto o un accidente de superficie en la evolución de la sociedad. Mayo del 68 es un acontecimiento histórico y, como tal, debe interpretarse en función de dos parámetros: la ruptura que introduce en el orden del tiempo y la realidad ―la ‘brecha’, como la llamaron Morin, Lefort y Castoriadis―; y la virtualidad de sus consecuencias, puesto que “un acontecimiento no es lo que se puede ver o saber de él, sino aquello en lo que se convierte”, como adivinó Michel de Certeau. Las revoluciones, como los volcanes, “tienen días de fuego y años de humo”, y a nosotros nos corresponde decidir si, tras la humareda, rescatamos la ceniza o las brasas.

El Mayo francés es un acontecimiento poliédrico, en el que confluyen prácticas, lenguajes y bagajes heterogéneos. La tradición marxista, sobre todo a través de heterodoxias como el guevarismo, el maoísmo o el trotskismo, impregna el vocabulario de la mayoría de los protagonistas. A ella se superpone, sin embargo, la tradición libertaria, cuyos orígenes se remontan al cooperativismo de Charles Fourier y al surrealismo de André Breton, que se prolonga en el situacionismo de Guy Debord. Todo cuanto atañe a la libertad individual y a la transformación de las costumbres y las relaciones amorosas surge de esta corriente.

Asimismo, al movimiento estudiantil, variación francesa de la revuelta global contra el orden edificado tras 1945, se suma el movimiento obrero, que proviene de la izquierda clásica, pero innova en la iniciativa de las bases, siempre por delante de sus representantes políticos o sindicales. Obreros y estudiantes encarnan dos temporalidades distintas y discordantes. Por eso su encuentro, no exento de obstáculos, es uno de los maravillosos hallazgos de Mayo.

Si el 68 todavía es un enigma, es precisamente porque, bajo ese nombre, se esconde la efervescencia contradictoria donde reside la misteriosa intensidad del acontecimiento. Si todavía tiene porvenir, es porque la hibridación de tal multiplicidad no ha consumido la imaginación de sus formas.

Mayo no se acaba nunca

De la encrucijada del 68 parte una diagonal que no estalla en el instante, sino que se despliega en el tiempo. Alain Badiou localiza ahí el verdadero acontecimiento, que tiene dos caras. Una está vuelta hacia el pasado. Hasta los años sesenta, impera en la izquierda una vieja concepción de la política según la cual existe un agente histórico, el proletariado, que traerá consigo la revolución liderado por un partido de vanguardia. Una revolución por lo demás ineluctable, inscrita en el desarrollo de las sociedades. Por decirlo con Jean Salem, entonces se concibe la historia “como si estuviera escrita en futuro anterior”. Aunque la omnipresencia del lenguaje marxista no siempre permite detectarlo, Mayo del 68 supone la quiebra de esta tradición.

Su otra cara mira hacia el futuro. Consciente del fin de la era de la revolución, va en busca de una política para tiempos posrevolucionarios que no se restrinja a su cristalización estatal, institucional, incluso constitucional. Para esa búsqueda, que debe ser la de todos los que entendemos la política como emancipación, las prácticas de Mayo constituyen una pista inestimable.

En el encuentro entre obreros y estudiantes, en el agrietamiento de las fronteras entre trabajadores manuales e intelectuales, nacionales y extranjeros, se perfila una política que no acepta dejar a cada uno en su lugar, que persigue trazar trayectorias originales y fraguar reuniones imposibles entre gentes con poco en común. Porque las personas no se definen por sus identidades anteriores, sino por sus actos durante la revuelta. Unos actos que trastornan las demarcaciones sociales, espaciales y temporales, que impugnan el reparto de lo sensible, y crean nuevos lazos y espacios de coordinación. La política emancipatoria no parte de la herencia de la identidad, sino de la conquista de la igualdad.

La construcción de una nueva subjetividad política es el arte de engarzar los problemas locales con el orden global. Cuando los estudiantes de Mayo cuestionan el sistema universitario, no lo hacen en su propio beneficio ni para “disfrutar sin trabas”, como se ha repetido, sino para poner de manifiesto que el funcionamiento de la universidad guarda relación con las estructuras generales de la explotación social. Hay un vínculo entre los exámenes y el capitalismo. Hoy, nuestras ‘mareas’ abordan problemas sectoriales, pero sus intersecciones apuntan a una crítica integral del viejo espíritu del neoliberalismo.

Mayo del 68 trae consigo una revolución en el tiempo. Las barricadas que se erigen entonces no tienen ninguna utilidad defensiva ni son una escenificación nostálgica y anacrónica de revoluciones pasadas. Se inscriben en una tradición política de invención de nuevas formas de utilizar el espacio y el tiempo. Son, en el fondo, barricadas de tiempo suspendido, liberado de la relojería del capital. Todo el tiempo que hacen perder al poder es tiempo que ganan para su contrario, para la horizontalidad radicalmente democrática de la que el 68 recoge la antorcha. Porque ahí, como en la antigua Atenas, durante unas semanas la soberanía vuelve a ser ese “poder indefinido” del que hablara Aristóteles y el poder se asemeja a un flujo itinerante que recorre la ciudad y calienta los cuerpos, se arrastra bajo los adoquines y se cuela en las fábricas, las aulas y las casas.

La herencia y el horizonte

Mayo del 68, concluye Jacques Rancière, ensancha los bordes de lo político. Nos desvela la potencia de la invención colectiva, que no pertenece a nadie y por tanto nos concierne a todos. Porque a todos incumbe engendrar un mundo común en pie de igualdad. Y eso, hoy, significa luchar contra la ‘maldad líquida’, la imposición de un mundo sin alternativas, de un destino único, de un fin de la historia.

La brecha abierta por el 68 alberga el secreto de un saber olvidado, aquel que el siglo ilustrado llamó ‘felicidad pública’. Es el tesoro perdido de las revoluciones, que “aparece abrupta e inesperadamente y desaparece otra vez, en distintas condiciones misteriosas, como si se tratara de un espejismo”, en palabras de Hannah Arendt. Pero de esa brecha emerge también la fuerza para proseguir su búsqueda. Por eso el 68 no está solo detrás de nosotros, como herencia sin testamento, sino también ante nosotros, como exigencia y desafío. Por eso no solo nos lega recuerdos, sino sobre todo deseos.

Artículo publicado en CTXT (enlace permanente).