15 de junio de 2020

Los horizontes abiertos

La ruta de la seda entre China y la India. © Rudra Narayan Mitra | Dreamstime.com.
Ahora que tanto es nuevo, más que nunca es necesaria la historia. El tiempo de esta cuarentena que ya se aligera ha parecido transcurrir en la cuerda floja, indeciso antes de inclinarse hacia uno u otro lado a toda velocidad como una montaña rusa. Los acontecimientos como este suelen acelerar las partículas históricas, eso lo sabemos, pero ignoramos en qué dirección lo harán. En cualquier caso, la incertidumbre no ha de ablandar nuestra voluntad de participar en la aventura de dar forma al futuro. Al contrario, tenemos que comprometer en ella toda la creatividad que seamos capaces de reunir: todas nuestras fuerzas, todos los conocimientos y toda nuestra imaginación, expandida por la memoria.

Las tramas del pasado

¿Cómo puede ayudar la historia a diseñar el futuro tras la pandemia? Ante todo, poniendo de manifiesto que el modo como se interpreta el pasado prefigura el modo como el presente aprecia su potencial. Conocer el pasado es, pues, una condición necesaria para tomar decisiones éticas sobre el porvenir de la sociedad.

Por desgracia, nuestro tiempo está inundado de relatos falsos que enturbian la comprensión del nexo entre el pasado y el futuro, ya sean los “pasados blandos” que priman la sentimentalidad sobre la crítica, ya los “pasados fundamentalistas” que sacralizan un ilusorio origen glorioso. Por eso debemos desmontar las mentiras que se propagan sobre la historia y restaurar las tramas del pasado: el tejido narrativo que protege a una sociedad de la ignorancia y la impostura.

Tenemos que desprendernos de los prejuicios y las leyes supuestamente naturales sobre el orden de la política, el funcionamiento del mercado y el destino del planeta, ya que estos se traducen en mal gobierno, desigualdad y devastación. David Armitage y Jo Guldi han mostrado que la buena historia contribuye a hacerlo: al revisar las ideas preconcebidas y detectar su mala influencia, permite que las reflexiones sobre el futuro no sean castillos en el aire. Los pasados inventados suelen ser pasados simples que achatan las esperanzas colectivas. La elaboración histórica del pasado, en cambio, ensancha los horizontes de expectativas y descubre las verdaderas fronteras de lo posible.

Las rutas de la seda

¿Qué lapsos de tiempo convergen en el nuestro? Muchos, sin duda: desde el resentimiento que surge de las raíces del romanticismo hasta el nacimiento de las redes sociales en la primera década de este siglo, pasando por el giro neoliberal de los 80. Pero quiero centrarme en algo que habíamos soslayado. A mediados del siglo diecinueve, los geógrafos alemanes dieron nombre a las redes de intercambio que conectaban la China imperial con los distintos pueblos del continente euroasiático y las costas de África: las llamaron “las rutas de la seda”. Al recorrerlas, advertimos que extensas regiones del planeta han compartido durante milenios un pasado global y nos acercamos al mundo de Marco Polo, una época de efervescencia cultural y horizontes abiertos —como la describió el gran medievalista Roberto Sabatino López— sacudida por la irrupción de una pandemia.

La bacteria que causó la peste negra en el siglo catorce viajó por las rutas de la seda desde Asia Central a través de Persia y penetró en Europa por el puerto de Génova; desde Wuhan, el coronavirus cruzó Irán y no tardó en alcanzar Italia. Esta asombrosa coincidencia pone de manifiesto algunas constantes geopolíticas y nos revela que la actual iniciativa china “del cinturón y de la ruta” —en la que el cinturón representa las conexiones por tierra con los demás países y la ruta, las vías marítimas— ha desbrozado los antiguos caminos de caravanas y los ha convertido en las nuevas rutas de la seda.

El origen del virus nos ha hecho volver la vista al hemisferio oriental y percibir por fin el contraste con la realidad en que vivimos. De la mano de Peter Frankopan, aprendemos que estos son tiempos de esperanza en Asia. A lo largo y ancho del continente, los países se esfuerzan por estrechar sus lazos y trabajar juntos, dejando a un lado las diferencias y superando las desconfianzas. Los obstáculos son todavía ingentes, pero existe la conciencia de que se está alumbrando un mundo nuevo. Además de la iniciativa china, numerosos proyectos — como el “visado de la seda” en Asia Central y la “visión comunitaria” de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático— buscan facilitar el tránsito de personas y mercancías e impulsar la cooperación económica y social en una zona donde vive más de la mitad de la población mundial.

En este contexto, el pasado de las rutas de la seda ofrece un relato común que une a pueblos y culturas, pero también aviva la imaginación del futuro, que no tiene que ver con la nostalgia, sino con las ciudades inteligentes, la nanotecnología, la inteligencia de datos y la computación cuántica. Igual que en el pasado el hormigueo de las rutas de la seda marcó el ritmo del mundo, probablemente lo hará en el futuro; y si esto es así, entonces el nacimiento del nuevo mundo al que asistimos es el renacimiento del viejo.

Las desilusiones del progreso 

Mientras tanto, Occidente marcha en sentido opuesto. En muchos lugares se trabaja por restringir la cooperación y romper los acuerdos alcanzados. En Europa, las discusiones giran obsesivamente en torno a la segregación, las migraciones, la erección de muros y la recuperación de la soberanía; las políticas de austeridad, el cementerio mediterráneo, los campos de refugiados y el mezquino trato neocolonial dispensado a Grecia evidencian que la Unión Europea no está a la altura de los tiempos.

Las transformaciones que presenciamos pueden parecerse a las que se produjeron en la era de los descubrimientos. Cuando hace quinientos años los europeos vislumbraron aquellas “maravillosas posesiones”, como las llamó Stephen Greenblatt, comenzó una imparable carrera hacia delante que desplazó el centro de gravedad de la política y la economía mundiales y, por primera vez, situó a Europa en el corazón del mundo. Ahora que ese centro parece estar moviéndose de nuevo, seguir insistiendo en el provincianismo y la estrechez de miras no carece de peligro.

Necesitamos saber por qué seguíamos ensimismados mientras se degradaba el proyecto ilustrado y llegábamos al borde de una crisis ecológica y de desigualdad. Puede que los historiadores no hayamos hecho lo suficiente para deshacer una de las ilusiones más tenaces nacidas de la era de la colonización: el eurocentrismo y la pretendida superioridad europea. En todo caso, esa ceguera quizá explique por qué, como señalan Ivan Krastev y Stephen Holmes, en junio de 1989 creímos que la victoria de Solidaridad en las primeras elecciones libres polacas anticipaba el signo de los tiempos y, en cambio, consideráramos que la represión de las protestas de la plaza de Tiananmén no era más que una anomalía sin trascendencia en el combate por el derecho a dar forma al futuro. Solo una perspectiva más amplia disolverá la ilusión del fin de la historia.

Los recuerdos del futuro 

En las últimas cuatro décadas, la concepción neoliberal del mundo ha promovido la retracción del empleo, la salud, la educación y la democracia. De vuelta a la esfera pública, la historia puede aguzar nuestra inteligencia para reorientar la acción política y explorar las rutas que conducen al futuro entre lo local y lo global, la tecnocracia y la tecnofobia, el mercado y el bienestar, la innovación y la sostenibilidad. Gracias a ella, por ejemplo, podemos razonar que nuestros indicadores macroeconómicos pertenecen al mundo anterior al microondas y ya no reflejan nuestras necesidades; que los sistemas de deuda constituyen una cadena de esclavitud intergeneracional que solo puede romperse con la abolición periódica de la deuda; y que la reducción de la desigualdad es un hecho excepcional en el capitalismo. Sin reformas de calado, por tanto, solo tenemos por delante un pasado disfrazado de futuro.

Después de la peste negra, la sociedad reaccionó: se reformó el urbanismo y se prestó más atención a la higiene; se pensó sobre las formas de gobernanza y se difundió el humanismo, que sentó las bases del Renacimiento. ¿Y ahora? Aunque el panorama es sombrío, en ninguna parte está escrito que el ascenso de Oriente conlleve la decadencia de Occidente. Tan solo que nuestra suerte está echada si no pensamos a largo plazo y actuamos en unión. Las nuevas rutas de la seda y la propia lucha contra la pandemia, que es ya el mayor proyecto de investigación científica de la historia gracias a la colaboración espontánea de la comunidad científica internacional, pueden servirnos de inspiración. Y, llegado el momento, la historia puede ayudarnos a elegir entre una fortaleza alambrada o un mundo de horizontes abiertos.

Artículo publicado en El Salto (enlace permanente).

29 de octubre de 2019

Puente / Pont

Golden Gate Bridge. © George Rose/Getty. 
Hace dos años, inmerso en el malestar generado tras el referéndum catalán y sus secuelas, hice aquí una propuesta federal basada en una lectura interpretativa de la historia contemporánea de Catalunya y España y en el principio de laicidad nacional. Con matices, sigo creyendo en ella, aunque ya entonces temí que llegara fuera de contexto. El federalismo necesita confianza (fides) para alcanzar un pacto (foedus) entre iguales y no había donde encontrarla.

Tampoco ahora, pero la gravedad de la situación reclama que hagamos cuanto podamos para salir de este trance. Si todavía tenemos alguna oportunidad de reinventar la vida en común, si nos es dado esperar un futuro mejor que el que hoy soñamos de espaldas a los otros, vale la pena esforzarnos por superar estas funestas circunstancias y darnos tiempo para pensar. Nunca es tan necesario hacerlo como en momentos de crisis, pues “la ley del más rápido es el origen de la ley del más fuerte”, como aseguró Paul Virilio.

Para poner mi granito de arena, anotaré cuatro cosas que he aprendido, guiado por la convicción de que el conocimiento es inútil si no es compartido y de que la tarea del historiador no consiste en cavar trincheras ni levantar muros, sino en tender puentes.

El pasado puede ser una carga

En un pasaje memorable, Marx percibió que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su voluntad, sino bajo condiciones directamente existentes, dadas y heredadas”, pues “la tradición de todas las generaciones muertas gravita como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos”. Y añadió que es justo al “ocuparse de cambiar las cosas y a sí mismos” cuando más invocan a “los espíritus del pasado”.

Efectivamente, la urgencia del presente activa la resurgencia del pasado, que puede ser el trampolín para dar un salto al futuro. Pero también puede ser un lastre, si el pasado se concibe como un memorial de agravios y la memoria se utiliza para atizar el resentimiento. No es cierto que “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Lo están quienes son incapaces de pensar históricamente y elaborar éticamente el pasado, y por tanto de imaginar el futuro. Sin un puente entre el pasado y el futuro, dejamos de hacer historia y el pasado nos deshace; la memoria puede ser tan venenosa como el olvido.

La precipitación y la inercia son poderosas

Hace poco, al preparar un texto sobre el “Terror” en la Revolución francesa, me sorprendió la fuerza del ejemplo: una muestra lacerante de cómo la lucha por la pureza ideológica entre las élites y la presión impaciente de la calle, avivadas por la cultura de la sospecha y el lenguaje de la traición, generaron una espiral que arruinó una de las mayores experiencias democráticas de la humanidad. Cuando todo se precipita, escapan a nuestro control las acciones que emprendemos. Por eso hoy deberíamos recobrar el espíritu de prudencia y preocuparnos por que no termine como tragedia aquello que empezó como farsa.

Pero hay otra forma aún más subrepticia de perder el control. El escritor e historiador Henry Adams, bisnieto del segundo presidente de Estados Unidos y nieto del sexto, observó que “a lo largo de la historia humana, el desperdicio de inteligencia ha sido abrumador y la sociedad ha conspirado para promoverlo. Solo los más enérgicos, los más aptos y favorecidos han vencido la fricción o la viscosidad de la inercia”. Es una llamada de atención sobre los efectos deletéreos de dejarse llevar por la corriente y de pensar con asideros. No debemos olvidar que el lema ilustrado es “¡atrévete a saber!”, y que sin Ilustración no hay democracia.

Hay nación después del nacionalismo

La nación del nacionalismo arrastra consigo sus orígenes religiosos, unidas ambas, nación y religión, por el hilo de sangre del martirio y el sacrificio, como ha descrito Javier Ramón Solans. Por eso su concepción de la soberanía (única, indivisible e indelegable) tiene una carga teológica incompatible con una democracia digna de su nombre. Para acomodar sociedades heterogéneas, no basta con trasladar la soberanía del monarca a la nación. Es necesario un ideal alternativo. Ramón Máiz ha sugerido el “federalismo plurinacional”, que postula la soberanía compartida en un Estado de Estados o nación de naciones.

Tal ideal nos enseña que no debemos prescindir de la nación, de su eficacia afectiva y simbólica, pero sí combatir su clausura reaccionaria y deshacer el bucle melancólico que forman el nacionalismo de Estado y el nacionalismo contra el Estado; romper la cadena de equivalencias entre un Estado, una nación, una lengua, una cultura, una historia, una religión y un derecho; y defender la superioridad ética y política del federalismo pluralista frente a cualquier monismo nacionalista.

De nuestra tradición cultural, es urgente rescatar a Pi i Margall. Tras constatar el fracaso cultural, político y económico de la nación española fundada en el nacionalismo excluyente y centralista, el político e historiador barcelonés imaginó la federación no solo como otra forma de gobierno, sino como un principio de justicia social y de educación sentimental. Así entendido, el federalismo diluye las jerarquías mediante el pacto y hace posible un Estado, en rigor, sin soberano, pues los poderes están controlados, equilibrados y distribuidos en diferentes instancias. Más que su blindaje, la superposición de autonomías (individual, municipal, provincial, etcétera) previene la dominación y nos acerca al ideal verdaderamente emancipador al que aspiraba el presidente de la Primera República: una “sociedad sin poder”.

Nos debemos un último esfuerzo

En octubre de 2018, tuve ocasión de escuchar en Girona al profesor de Filosofía del Derecho y experto en procesos de secesión Allen Buchanan, de quien extraje lo que sigue. La aplicación irrestricta del principio de las nacionalidades (a cada nación, un Estado) crearía más problemas de los que resolvería. En consecuencia, toda nación debería tener derecho a la autonomía, pero no necesariamente a la independencia. La secesión es costosa y potencialmente violenta, por lo que solo sería legítima cuando estuviera amenazada la vida de una nación dentro de su Estado. Aún no estamos ahí. Hoy por hoy, la independencia parece demasiado traumática para tan escasas perspectivas, pero podría ser la única salida si dejamos que nos mueva el resentimiento o nos paralice la inercia, o somos incapaces de imaginar nada distinto a la realidad en que vivimos.

Según Buchanan, debemos intentar alcanzar un acuerdo, honestamente, al menos una vez más y acompañar ese proceso de un debate profundo, amplio y duradero sobre la sociedad que queremos, porque un gran cambio constitucional no puede resolverse en una día y un único referéndum decidido por mayoría simple. Entablemos, pues, esa conversación dispuestos a caminar por el puente, a abandonar nuestros puntos de partida y a dejarnos persuadir por las razones de los otros, y busquemos la forma para que nadie haya de renunciar a su identidad ni imponerla. Aunque, para empezar hablar, convendrían dos gestos: de un lado, reparar la injusticia cometida con los presos; del otro, dejar de derivar del 1 de octubre un mandato democrático.

Hay que decir la verdad

Es hora de reconocer que la pelea de los nacionalismos ha degradado la sociedad. Desde la última vez que Catalunya quiso afianzar su lugar en la España grande y España asentar una segunda Transición en la expansión de los derechos civiles y sociales, ¿cuánto tiempo se ha perdido? ¿Cuánto más se ha de perder antes de censurar la insensata frivolidad y las alucinadas homilías que nos han traído hasta aquí? La búsqueda de alternativas debería ser hoy la primera exigencia ciudadana. Y la mejor alternativa al soberanismo es el federalismo, toda vez que el potencial de la interdependencia es muy superior al de la independencia.

Si nos comprometemos con él, el camino puede ser largo y tortuoso. Pero al menos podemos estar seguros de que para recorrerlo no nos hará falta pervertir el lenguaje ni recurrir a la propaganda, abrazar un marco reaccionario ni responder a la llamada de la tribu, ni seguir creyendo un día más en quienes nos han mentido para ver el puente hundido.