22 de febrero de 2017

El tiempo de las cerezas

Mais il est bien court le temps des cerises. 
Jean-Baptiste Clément (1866)
Un largo tiempo muerto dejó en suspenso la política española en 2016. Fue un periodo en el que constatamos la viscosidad de la inercia, cuando escuchamos al pelotón de tertulianos insistir en su salmodia a pesar del vacío informativo, y la angustia ante la alteración de la rutina, cuando cuajó en cierta opinión pública o publicada la necesidad de poner fin a la pausa a toda costa. En ese contexto de ansiedad y repetición, no es de extrañar que al reanudarse el tiempo de juego los dinosaurios siguieran ahí. Una vez más, redescubrimos la triste levedad de la esperanza y la insoportable necedad del ser.

Para muchos, eso supuso una verdadera desilusión. Una decepción que, de entrada, solo parecía incitar a la diatriba y la desafección. Pero esas respuestas se revelan pronto extemporáneas: solo la inteligencia puede afrontar el malestar, dictaminó José Luis Villacañas. Es preciso examinar el trasfondo de nuestro tiempo. Al hacerlo, percibiremos que una serie de catastróficas desdichas nos ha alejado del tiempo de la revuelta ―el tiempo de las cerezas― pero no nos ha acercado a ninguna clase de tranquilidad. Todavía estamos en el instante del peligro. Porque hoy no vivimos la recuperación de la normalidad, sino, como detectó Antonio Valdecantos, la instauración de la excepción permanente.

Si queremos oponer alguna resistencia, tenemos que auscultar la gravedad del presente. Giorgio Agamben nos brinda una clave para hacerlo: “Cada cultura es ante todo una determinada experiencia del tiempo y no es posible una nueva cultura sin una modificación de esa experiencia. Por lo tanto, la tarea original de una auténtica revolución ya no es simplemente ‘cambiar el mundo’, sino también y sobre todo ‘cambiar el tiempo’.” ¿Qué significa eso? La respuesta requiere un repaso a la historia. Un viaje en el tiempo.


Poco antes de morir, en 1940, Walter Benjamin recordó que no hay ninguna transformación democrática real sin un nuevo imaginario del tiempo. Por eso la revolución de 1789 introdujo un nuevo calendario, un “compendio histórico acelerado” que convirtió la monarquía en antiguo régimen e hizo de aquel momento el año cero de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Benjamin señaló la diferencia entre el tiempo repetitivo, mecánico y cuantitativo de los relojes, que es el tiempo de la inmediatez y la dominación, y el tiempo cualitativo de los calendarios, “monumentos de una conciencia histórica de la que no queda en Europa la menor huella desde hace cien años”. Por eso, cuando el fondo de energías turbulentas que la revolución dejó tras de sí volvió a emerger en 1830, los revolucionarios dispararon contra los relojes de las torres de París.


En el vértice de nuestro tiempo, mayo del 68 trajo consigo una revolución en el tiempo. La politización del tiempo, al decir de Ludivine Bantigny, puso la temporalidad en el centro de la lucha y desencadenó un combate por la historia ―la que se escribe y la que se hace―. La urgencia del presente avivó la resurgencia del pasado como energía para imaginar el futuro. Además, gracias a la complicidad de los cuerpos, los actores de mayo tomaron conciencia de su contemporaneidad, lo cual catalizó tanto el descubrimiento de sí como de la situación histórica y, lo que es más importante, hizo estallar el perímetro de su pertenencia social y sus certidumbres sobre lo posible.


Grant Haffner: Sunset on Long Beach, © 2014.
Esto último ocurrió también en el 15M, que convirtió algunas plazas españolas en espacios de esperanza. Que aquel movimiento tomara su nombre de una fecha indica que el sujeto político que se expresó en él no se inscribía en ninguna identidad anterior, sino en el propio acontecimiento, esto es, en una brecha en el orden del tiempo. Amador Fernández-Savater supo ver la densidad simbólica del encuentro madrileño: kilómetro cero, opuso a las ontologías de la finitud el carácter fecundo de la condición humana; puerta, fue un umbral que anticipó la apertura a otros mundos posibles; y acampada, remitió a la imagen del amanecer de una sociedad largamente envarada en una ensoñación narcisista. Ninguna promesa de cambio político en España puede dar la espalda a ese despertar de la historia. 

Haciéndose eco de los dos mayos, en 2016 surgió en algunas plazas de Francia la Nuit Debout, un conjunto de manifestaciones originado a raíz de las protestas contra la reforma laboral. Sintomáticamente, sus protagonistas inventaron un nuevo calendario que concebía el tiempo a partir de su práctica política. Desde el 31 de marzo, día de la primera reunión en la plaza de la République de París, desplegaba un inacabable mes de marzo que se erigía como “una barricada de tiempo liberado” de la relojería del poder. Porque el tiempo de la revuelta permite, aunque sea momentáneamente, detener el tiempo homogéneo de la reproducción del orden y abrir la puerta al tiempo de la reflexión, la palabra y la acción. Un tiempo donde el futuro no es solo el presentimiento de la catástrofe que viene. 


Pero no nos engañemos: estos sucesos excepcionales, estas semillas de otro tiempo, aún no han germinado de forma duradera. Los fenómenos que marcan la actualidad son un presentismo rampante y la atomización del tiempo. Sin una fuerza gravitatoria que los rija, los fragmentos de tiempo deambulan hoy sin sentido en una temporalidad estallada. Los acontecimientos ya no se engarzan en historias y se consumen sin consumarse. Las identidades se diluyen porque las percepciones no logran traducirse en experiencias. La política se vuelve cortoplacista y desaparece el compromiso. La discrecionalidad sustituye la deliberación. Y ya no son los acontecimientos históricos los que marcan el ritmo de la política, sino los escándalos, propagados por las redes sociales y por los medios de comunicación cuyo éxito depende de la erosión de la memoria. 


Las crisis económica, política y temporal se afectan mutuamente. La desregulación financiera calca el contorno del tiempo atomizado. La disolución de los lazos de solidaridad sincrónicos y diacrónicos se corresponde con la dislocación de las identidades individuales y colectivas. El neoliberalismo es hegemónico porque se ha apoderado de nuestra agenda y nuestros cuerpos. El inmediatismo mata la representación. La desactivación de la memoria impide recobrar un pasado activo. La imaginación política cortocircuita cuando solo busca regresar al anterior estado del bienestar. No puede ser esto lo único que opongamos a un gobierno que cifra su supervivencia en la congelación del presente y el fracaso de nuestra inteligencia del futuro. 


Hay que cambiar de tiempo. Al tiempo objetivo y vacío del consumo y el capital, tenemos que contraponer el tiempo humano de nuestras prácticas y afectos, del respirar de los días; el tiempo del “pan, la sal, la fiesta, el duelo y la paz” que describió íntimamente Josep Maria Esquirol. Y, en esta tarea, tenemos que hacer memoria. Porque, como desveló Reyes Mate, la esperanza primordial no está en el futuro, sino en el pasado de los desesperados. Pues, precisamente porque fue derrotada, esa es una esperanza no gastada, a nuestro alcance, que nos espera como un fondo de pasión intacta. Justo la que necesitamos para recoger los frutos de las semillas del tiempo. No lleguemos tarde, que es muy corto el tiempo de las cerezas.


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